INGLATERRA – Un joven de 22 años que pesaba más de 100 kilos se tropezó y cayó con fuerza sobre el abdomen de su hija. La niña, de tres años, perdió su vida al día siguiente por fuertes traumatismos en el abdomen, lesiones hepáticas y renales.

Lo que más llamó la atención del hecho, sin embargo, es que el hombre le dio analgésicos a su hija después de aplastarla y la mandó a dormir. Nunca le había contado a nadie sobre el episodio, hasta siete meses después de la muerte de la menor, cuando decidió confesarlo.

Automáticamente fue imputado por homicidio infantil, agravado por el ocultamiento posterior. Si en el momento del incidente acudía a un centro médico, probablemente la niña aún estaría con vida o al menos hubiera sido otra la historia. “Me mintieron durante siete meses hasta que supe la verdad. Ya no confiaba en nadie después de haber sido traicionada con esto”, sostuvo la madre de la niña y pareja del acusado.

En tanto, su psicólogo fue el único que salió a defenderlo: “La vergüenza, la culpa y el miedo lo dejaron paralizado”. El hombre argumentó en declaraciones a diario locales que los cuadros de obesidad muchas veces están fuertemente arraigado al factor anímico y mental de los pacientes. De hecho, contó que después de la muerte de su hija el hombre llegó a pesar 44 kilos por un cuadro de estrés y ansiedad.


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