Ota Benga estaba encerrado en una jaula junto a un orangután. Distraía a los visitantes lanzando flechas y confeccionando hamacas y esteras

Exhibido como un objeto, Ota Benga no podía imaginar que terminaría siendo la principal atracción de los Jardines Zoológicos de Nueva York. En lo que a día de hoy se encuentra el Zoológico de Bronx, este hombre fue encerrado en una jaula junto a un orangután para gusto y disfrute de los visitantes del lugar. En 1906, este joven congoleño de 23 años atrajo a miles de personas que querían conocer al extranjero de 46 kilos y una altura de 1,25 metros.

Sus vivencias han sido devueltas a la actualidad después de que la periodista Pamela Newkirk haya publicado un libro contando las experiencias de Ota aportando datos que ha recogido de documentos históricos. Así, en ‘Spectacle: The astonishing life of Ota Benga’ –’Espectáculo: La increíble vida de Ota Benga’, en su traducción al español– Newkirk recuerda cómo se presentó al pigmeo en la exhibición antropológica de la Exposición Universal de San Luis que se celebró a principios del siglo XX en Estados unidos.

El “verdadero africano salvaje”, como así se referían a él sus contemporáneos, tenía los dientes afilados según la tradición de su tribu en el Congo. Esta característica fue utilizada por los promotores de la organización para vender al público un espectáculo que contaba con Ota como protagonista: sus afilados dientes, según ellos, le servían para despedazar a bocados a sus víctimas. Cuando los visitantes llegaban ante su jaula, el congoleño les entretenía disparando flechas o confeccionando esteras y hamacas.

El responsable de que Ota acabara entre rejas fue el explorador Samul Philips Verner, que se dedicó a contar mil y una historias sobre cómo había capturado al pigmeo. Entre algunas de las versiones, el también empresario explicó que se había hecho con él después de pagar una libra de sal y un rollo de tela. En otra ocasión, por el contrario, Benga había pasado a formar parte de su patrimonio tras liberarle de una tribu caníbal que devoró a su mujer y sus hijos.

“Pigmeo Africano Ota Benga, 23 años, altura de 4 pies y 11 pulgadas, peso de 103 libras. Traído desde la ribera del río Kasai, Estado Libre del Congo, Centro Sur de África por el Dr. Samuel Phillips Verner. Exhibido cada tarde durante septiembre”, informaba el letrero ubicado frente a su jaula, según recordó el New York Times el 10 de septiembre de 1906. Poco a poco fueron surgiendo reacciones contrarias a su encarcelamiento, lideradas por el clérigo James H. Gordon, que provocaron la ‘liberación’ puntual del pigmeo para que pudiera andar libremente por el zoo en lo que constituía una especie de exhibición interactiva.

Acosado por los visitantes, la conducta del congoleño se volvió violenta y a finales de septiembre de 1906, Ota pasó a estar custodiado por Gordon y fue llevado a un orfanato. Se devolvieron sus dientes a la forma originaria y se ocupó en una fábrica de tabaco donde sus compañeros comenzaron a llamarle ‘Bingo’. Una década después, con 32 años y sintiéndose preso entre dos mundos, Benga encendió un fuego ritual, bailó una danza tradicional, se arrancó las piezas dentales que le habían colocado y se disparó un tiro en el corazón con una pistola que había robado.


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