“Ahora vas a ver lo que es coger por obligación.”

Fue el mensaje, susurrado al oído mientras la felicitaban. Le sacó una sonrisa. Aunque a Alejandra le pareció poco oportuno porque acababa de casarse y aun estaba en el atrio, opto por reírse. Después de todo, su tía era una mujer divorciada, con un alcoholismo importante, y más batallas que Napoleón.

Alejandra se había casado completamente enamorada, con la cabeza partida por el flechazo. Gustavo era su príncipe azul, su amante, su cómplice, el amor de su vida.

Quince años después vendrían la rutina, los hijos, el trabajo, los padres ancianos, la realidad. Las malditas palabras de la tía el día de su casamiento habían resultado proféticas.

Por más horrible que pudiera parecer, Alejandra también “cogía” por obligación. Y si bien algo de placer le producía, la distancia espiritual con su marido era tan grande que el resultado era un gran vacío.

En cierto sentido, era peor que masturbarse. Sentirse sola estando sola era siempre menos grave que sentirse sola estando con alguien, que encima, era su esposo.

Alejandra recordó su vieja historia con la masturbación. Esa actividad secreta había sido descubierta en su más tierna infancia, cuando tendría unos cuatro años. Explorándose de noche, había hallado ese lugar del cuerpo que le producía una sensación única.

Involuntariamente y a falta de padres amorosos, masturbarse se había convertido en una compensación enorme. Noche tras noche, aquellas caricias le permitían a Alejandra dormirse tranquila. A la distancia, era evidente que el sexo había ocupado el vacío que la falta de amor había dejado vacante.
Pese a llevar una vida ordenada, Alejandra siempre había tenido la sensación que en cualquier momento podía explotar, harta de ser tan correcta. Varios planos de su existencia se encontraban muy reprimidos, y la sexualidad era uno de ellos.

Por un lado, por la desconexión estructural que tenía con su marido. Por otro, porque a lo largo de su vida la masturbación había ocupado un rol central, permitiéndole descargar pulsiones y expresar fantasías. Todo lo que no podía hablar o tampoco era capaz de vivir, lo imaginaba en sus cotidianos encuentros consigo misma.

Volvió a la idea que en su más tierna infancia, aquella práctica había venido a ocupar el lugar de la falta de ternura, caricias, y amor de sus padres. En aquel despertar se había empezado a producir su disociación entre el sexo y el amor. Con el correr de los años esa situación se iría consolidando, y exceptuando dos o tres casos puntuales con novios con quienes la frontera se había disuelto temporalmente, Alejandra había tenido dificultades para integrar sexo y amor.

Como si inconscientemente hubiera decidido que lo que no le daba su madre, se lo daría el sexo. El problema se agravaba por la rigurosa educación de Alejandra y su fuerte represión sexual. Nada de andar explorando, probando, aprendiendo, creciendo. Esas eran conductas de putas.

Sin proponérselo, se encontró en un buen matrimonio, pero conviviendo con crecientes niveles de represión. Cosas que no se animaba a plantearle a su marido, para no parecer una puta. Y una vez perdida la oportunidad cuando todo era fuego; ¿cómo podría pedirlo ahora? ¿Qué pensaría él si ahora ella se descolgaba con nuevas inquietudes sexuales? ¿La acusaría de estar con otro hombre? ¿Pensaría que estaba enferma?

Alejandra vivía el enorme capítulo de su sexualidad, atrapada entre desamores de su infancia, disociaciones, y represiones a las que se sentía obligada por la cultura.

Decidió conversar del tema con una antigua amiga de la universidad, que contaba con una gran experiencia sexual.

Me siento atrapada y sin salida”, afirmó Alejandra después de haber resumido su historia.

Su amiga Karla la miraba riendo.

“¿Y qué es lo que querés hacer y no podés?”

“Poder conectar con mi marido”, dijo con cierta timidez. Sin embargo, su corazón pretendía mucho más que eso, como poder probar otras cosas con su esposo, o eventualmente tener algunas aventuras con otros hombres. Claro, no quería quedar tan expuesta, por lo que no dijo ni una palabra de estos sentimientos que la habitaban.

“¿Te masturbas?”, le preguntó su amiga sin filtro.

Alejandra, ruborizada, asintió.

“¿Muy seguido?”, preguntó Karla sin ningún pudor, como si se tratara de cepillarse los dientes, o ir a clases de spinning.

Alejandra volvió a asentir, con la cara roja como un tomate.

“Yo, después que me separé, me di cuenta que quería ser la mujer más cogida del país”, se confesó Karla como para que su amiga que la escuchaba absorta, dejara de sentirse culpable por temas menores.

“Era como una desesperación. Necesitaba conocer y estar con la mayor cantidad de hombres posibles. Por supuesto que me importaba la calidad, pero también había un tema con la cantidad, la variedad. Como si más fuera sinónimo de mejor. ¿De dónde salía semejante pulsión? La verdad que no lo sé ni me importa mucho.”

Alejandra la escuchaba azorada. Por un lado, por las barbaridades que estaba diciendo su amiga. Pero por el otro, en el fondo de su corazón empatizaba con algo de lo que Candela estaba diciendo. Al darse cuenta, sintió miedo de sí misma.

“¿Y qué hiciste?”, preguntó tímidamente.

“Una vez que me di cuenta que mi matrimonio era una ficción de la que tardé otros siete años en separarme, en la medida de mis posibilidades y sin descuidar a mis hijos ni a mi trabajo, asi que di rienda suelta a todos los deseos que tenía reprimidos en tantos años”, continuó Karla sin cuidar sus palabras.

Alejandra estaba entre asustada y admirada. “¿Y qué balance haces?”, preguntó.

“Separarse es una porquería. Una experiencia que no le recomiendo a nadie. Es inmensamente doloroso, y en especial cuando uno tiene hijos. Sin embargo, cuando llegas a la conclusión que no es posible rearmar, creo que es lo mejor que se puede hacer. Continuar casado solo por guardar las formas, o para que los chicos tengan una familia unida que no es tal, termina siendo mucho peor para todos”, continuó Karla. “Por supuesto que me hubiera gustado continuar casada y tener un matrimonio feliz, el cual no solo no fuera devorado por la rutina, sino que siempre hubiéramos mantenido una conexión con mi marido. Pero eso no me tocó, o no supimos como hacerlo, o no tuvimos la madurez necesaria, por lo cual éste fue el camino que se me presentó.”

“¿Y qué conclusión sacas de tu intensa vida sexual?”, preguntó Alejandra con timidez.

“Nunca sabré hasta qué punto ese deseo de cogerme a cuanto tipo pasa, fue una de las causas principales de mi separación. Yo nunca lo sentí así, porque mi deseo de tener la familia Ingalls y que todo fuera perfecto, era muy grande. Sin embargo, debo reconocer que en mi interior más profundo siempre existía este anhelo de experimentación, exploración, cuasi compulsiva.” dijo Karla.

¿Tienes muchos amantes?”, preguntó Alejandra animándose cada vez más.

“Algunos.”

¿Y qué tal?, volvió Alejandra con una curiosidad que denotaba hasta envidia.

“Como en todos los órdenes de la vida, hay de todo. Hay algunas relaciones en las que se ofrece muy poco. Solo ese rato que se comparte. Pero hay algunas otras que terminan siendo enormemente valiosas. Uno desarrolla una amistad, una relación profunda que únicamente la genera una intimidad cuyas puertas solo puede abrir el sexo.”

Alejandra escuchaba atentamente.

“En cierto sentido, nos parecemos”, dijo Karla, ante la mirada atónita de su amiga. “Creo que ambas nos faltó amor, caricias, abrazos cuando éramos chiquitas. Y nos pasamos la vida buscándolos. Como no lo teníamos, lo más parecido que pudimos encontrar fue la sexualidad. Al no tener una mirada amorosa de nuestros padres, solo nos quedó el placer que nos podían ofrecer nuestros órganos genitales”, sorprendió Karla. “Y creo que esa falta de calor nos fue dejando inmaduras.”

“¿Y entonces?”, preguntó Alejandra

“Fijáte qué paradoja que aún con la vida que llevo, voy desarrollando una creciente convicción de que en la pareja adulta el encuentro sexual tiene una importante carga espiritual, en donde el otro es más importante que uno mismo. Cada cual se preocupa del placer del otro para llegar a un nivel de éxtasis. Eso es el encuentro. Ahí dejamos el nivel del placer, para llegar al gozo, que toca aspectos del alma humana,” dijo Karla.

“Y si crees esto, ¿qué estás haciendo con tu vida?”, dijo Alejandra algo molesta.

“Porque creo que debemos transitar nuestras inhibiciones hasta que se agoten,” contestó Karla sin dudar.

“Claro, pero yo no puedo hacer eso sin llevarme puesto a mi matrimonio”, soltó Alejandra dejando entrever su importante represión sexual que hasta ahora había mantenido oculta.

“No sé”, dijo Karla.

A ver, contáme, porque yo no veo ninguna salida”, insistió Alejandra

“En primer lugar, creo que es muy importante que registres el nivel de represión que tienes. Tu intensa vida sexual en solitario, da fe de ello. Por mi historia de vida, lo hago con hombres. Por la tuya, lo haces en soledad. Pero el fondo es el mismo. ¿Cómo imaginas que puedes conectar con tu pareja si tienes tantas cosas que guardas en tu corazón y que no las puedes compartir con él? ¿Cómo se hace para tener un encuentro profundo con alguien al que uno no puede decirle lo que le pasa, o pedirle lo que uno quiere?”

Alejandra sintió como si le hubieran dado un golpe.

Karla continuó. “Por lo cual, el punto central es que reconozcás conscientemente y te hagas cargo de lo que te pasa, del enorme nivel de represión que tenés. Y esto te va a llevar tiempo porque es un proceso lento.”

“¿En qué consiste el proceso?, preguntó Alejandra como si fuera una estudiante de primaria.

“En descartar las fantasías infantiles y las ideas falsas que uno tiene, para ver la realidad. En descender a nuestros abismos que todos tenemos, para desde ahí, recibiéndolos, poder ir construyendo desde lo que somos, y no desde lo que debiéramos ser.”

“¿Y cómo hago?”, preguntó Alejandra con los ojos llenos de lágrimas.

“Creo que tenés tres alternativas, dijo Karla. “La primera, que estoy seguro que es la peor, es seguir reprimiendo. Eso profundizará tu disociación interna. Cada vez más existirán dos Alejandras antagónicas: el personaje y la real. Pero en la medida que sigas sosteniendo el personaje, la real estará cada vez más comprimida y tu dolor existencial será creciente.”

“La segunda alternativa, es la que me pasó a mí. Como fui incapaz de reformular, me separé para poder ser quien en verdad yo era. El error fue pensar que tenía un problema con mi marido, y que no tenía lugar para ser quién era estando casada. Entonces sostuve el personaje que creía que se esperaba de mí, todo lo que pude. Hasta que un día todo el castillo de naipes se vino abajo. A partir de ahí, y a un alto costo, pude integrar mi vida, y permitirme ser quién era, viviendo las cosas que quería vivir. No solamente en materia sexual, sino en muchos otros órdenes. Sin embargo, a la distancia, no puedo dejar de reconocer que fue un grave error. Por miedo o incapacidad de hablarlo con mi marido, no tuve más remedio que salirme de ese corralito que me atrapaba. Pero el cerco no era mi matrimonio sino más bien mi errada idea acerca de lo que debía ser un matrimonio.”

Alejandra estaba conmovida. “¿Y cuál sería la tercer alternativa?”, preguntó.

“Que seas quien eres. Que hables con él. Es más, hasta tal vez a él le venga pasando algo parecido y los dos están haciendo el papel de idiotas.”

“Pero qué le digo, ¿hola amor, me quiero acostar con otros hombres?”, provocó Alejandra.

Podés decirle: me viene pasando esto. Ésta soy yo”, contestó Karla. “Si es suficientemente maduro para entender que no es contra él sino algo que necesitás vivir, debiera contestarte que te cuides, y que trates de no hacerle daño a nadie. Y puede pasarte que si él tiene la madurez necesaria para comprender y apoyar tu libertad, tú te sientas tan valorada y comprendida por el amor que te ofrece, que ni tengas muchas ganas de probar otras cosas. Solo necesitas una pareja amorosa con la que puedas ser quien eres, y que te comprenda.”

A esta altura del diálogo, las lágrimas de Alejandra brotaban sin parar.

“No sé si podré hacerlo, pero no puedo negar la verdad de tus palabras. Y como bien decís, creo que el primer y único paso que puedo y debo dar ahora, es enterarme. Tomar conciencia que si estar en pareja entra en contradicción con ser quién soy, estoy jodida. Que reconozca esto ya será un avance importantísimo”, concluyó Alejandra.

“Totalmente amiga”, le dijo Karla guiñándole un ojo. “Y échale un poco de soda al vino. No es tan tremendo. Son los problemas normales de los seres humanos. Después de todo, sólo se trata de vivir.”


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